La misa pontifical y la bendición de la Torre de Jesús, vistas por una mujer cristiana de base y militante de ACO

La ceremonia de inauguración de la Torre de Jesucristo de la basílica de la Sagrada Familia tuvo tres partes, la plegaria y la ofrenda a la tumba de Antonio Gaudí en la cripta del templo, la misa pontifical y la bendición de la torre. En la cripta el pontífice, León XIV, se encontró con los patrones de la Fundación de la Sagrada Familia y con el rector de la Parroquia de la Sagrada Familia. En la entrada de la Puerta de la Pasión, el Santo Padre se encontró con los Reyes de España y con Natàlia una niña invidente de unos diez años de edad que tenía ante sí una maqueta de la Torre de Jesucristo. Natàlia explicó tanto al Papa como a los reyes cómo estaba hecha la torre. Y es que la Fundación ONCE está en relación con la Fundación de la Sagrada Familia para acercar a los invidentes tanto el acceso al templo expiatorio como con la comprensión de la arquitectura de Gaudí, mediante maquetas que pueden ser palpadas por las personas con ceguera. En cuanto a la misa, rito retorcido y ramplón, teniendo en cuenta que la presidía el papa León XIV, en adelante, papa León, hay que decir que la liturgia estaba muy bien trabajada. Los textos eran en catalán, en castellano y había canciones en latín. Todo de purpurados con el solideo se sentaban al altar, ayudados de algún diácono y de algún cura. Tanto los cardenales y obispos como el Papa mismo eran revestidos de casullas con motivos gaudinianos. La vestimenta parecía pesada y poco transpirante. De hecho el Santo Padre al acabar la ceremonia se retiró y se cambió por la ropa habitual con una estola para poder bendecir la torre y se le veía más reconfortado. En el altar también había dos lugares reservados en el lado derecho para el rey y para la reina del Estado español. Cuando el jefe de Estado y la mujer entraron al templo hubo aplausos. En la nave central había todo de gente encorbatada y vestida con elegancia, predominaba el color negro. Había un gran número de autoridades de todos los estamentos, estatales, autonómicos, locales, el Gobierno central en pleno, el Gobierno de la Generalitat al completo, el alcalde de Barcelona y todo de personas con responsabilidades a las administraciones públicas. Los fieles de las parroquias estábamos en los laterales de la mitad hacia abajo de la nave. Las autoridades entraban por la Puerta de la Pasión mientras que el resto habíamos entrado tres horas largas antes de la ceremonia por la Puerta del Nacimiento. Todo el mundo tenía el libreto de la misa en el asiento y también un abanico de cartón. El servicio de orden, muy atento y dispuestos a echar una mano, no permitían que nos levantáramos, que fuéramos haciendo tumbos por la nave. Sí que nos dejaban ir al baño y nos ayudaban a volver a nuestro lugar. Las columnas no dejaban ver el altar mayor. Había un enjambre de televisores que transmitían las imágenes principales de la ceremonia. La celebración de la santa misa estaba controladísima, el tempo. Las intervenciones de los diferentes actuantes iban la una detrás de la otra sin tiempo perdido. Una mujer leyó una lectura y otra cantó un himno. Un monaguillo cantó el salmo. Y un cura joven leyó el Evangelio, después del rito del incienso y el rodeo por el altar y también de la aprobación del presidente de la ceremonia, con el beso en el libro de los Evangelios para las grandes ocasiones -libro dorado con cierre y todo. La homilía del papa León fue corta, un trozo en catalán y el resto en castellano. El altar fue revestido con manto y con las ofrendas había las patenas plateadas y un cáliz principal también plateado y trabajado quizás con oro o piedras preciosas. En el momento de la Consagración tanto el arzobispo de Barcelona como el de Tarragona también dijeron algunos fragmentos de la ceremonia. Antes de acabarse la parte de la consagración ya estaban preparados los voluntarios con las personas escogidas que llevaban los copones con las sagradas formas consagradas, obviamente, en otras ocasiones porque el Papa todavía no había acabado de consagrar. A Montse Carulla, presidenta de ACO, y a mí nos pareció atisbar la cara de sorpresa del pontífice viendo como había todo de copones llenos a rebosar de formas consagradas cuando él todavía no había acabado el ritual. Hay que decir que el obispo de Roma actual es matemático de formación, no le debían salir las cuentas. Varios equipos formados por un par de personas, una con un estandarte y la otra con el copón rebosante de sagradas formas se acercan a cada rincón del templo. Previamente nos habían explicado qué camino teníamos que hacer. Comulgamos sin prisa, simple y llanamente. Hubo un momento en que todo un grupo de Policía Nacional entró al templo y se situaron por los laterales, estratégicamente ubicados. Todo el mundo habíamos pasado los controles de identidad, habíamos enseñado las bolsas, no llevábamos ni cuchillos, ni pistolas. En fin, a mí me pareció que las medidas de seguridad eran extremas sino exageradas. La tercera parte de la ceremonia, la más esperada, tuvo lugar en la fachada del Nacimiento y los asistentes dentro del templo nos tuvimos que quedar sentados, en silencio. Los voluntarios nos proporcionaron unos artefactos que más adelante se encenderían. Se trata de un artefacto hecho de papel con forma de ortoedro (paralelepípedo rectangular) que hace la figura de una chimenea de La Pedrera. Tiene una base cuadrada con un mecanismo interior (se ve un circuito eléctrico sofisticado). Consta la frase atribuida a Antonio Gaudí: “Primero el amor, después la técnica”. Solo el Papa, el jefe de Estado y la consorte y los obispos tenían lugar preferente para asistir a la ceremonia de la bendición de la Torre de Jesucristo. Había también un patio de sillas ocupadas por ciudadanos en la parte exterior del templo, en la fachada del Nacimiento. La