Compartimos este artículo que escribió Joan Cuadrench i Aragonès, oportuno en el 200 aniversario del nacimiento del beato Antonio Chevrier:
«En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos…» He 12,1.
El testigo de los santos y de todas aquellas personas que el Señor pone en nuestro camino, es, sin duda, un estímulo para hacer la propia ruta en el seguimiento de Jesucristo.
El beato Antoine Chevrier (Lyon, 1826-1879) es uno de estos testigos que, también hoy, continúan espoleando.
Nació y creció en la ciudad de Lyon, hijo de un pequeño funcionario de Hacienda y de una tejedora de seda. A los diecisiete años entra en el Seminario; en 1850 recibe la ordenación de presbítero y es enviado como vicario a St. André del populoso barrio lionés de la Guillotière.
El mayo de 1856 hay unas terribles inundaciones y se pone a trabajar con la gente para auxiliar a los damnificados. Este hecho marcará su vida, puesto que lo lleva a vivir de cerca la realidad de la miseria, espiritual, moral y material de la gente del barrio y a la vez se da cuenta también de los grandes tesoros de la gente sencilla: su capacidad de sacrificio, de hermandad, de solidaridad…
Hay un segundo acontecimiento que cristalizará esta experiencia y lo llevará a un cambio radical en su acción pastoral: la Navidad de aquel mismo año (1856), contemplando el misterio del nacimiento de nuestro Señor, toma conciencia de una manera viva y fuerte de la belleza de Jesucristo y del camino de pobreza que ha escogido para salvar a los hombres. Él habla como la gracia de la Navidad de 1856, y lo explica así: «La nochebuena, meditando sobre la pobreza de nuestro Señor y su abajamiento entre los hombres, decidí dejarlo todo y vivir tan pobremente como pudiera. Yo me decía: el Hijo de Dios ha bajado a la tierra para salvar a los hombres y convertir a los pecadores. Y a pesar de todo, los hombres continúan perdiéndose. Entonces me decidí a seguir a Jesucristo de más cerca para hacerme más capaz de trabajar eficazmente en la salvación de las almas.» (Antoine Chevrier, Escritos Espirituales, Publicaciones de la Abadía de Montserrat, 1991, p. 11).
Usa el lenguaje propio de su tiempo, pero la intuición es totalmente renovadora. La experiencia que vive no lo lleva a buscar nuevos métodos pastorales, o una estrategia mejor, sino que lo lleva a acercarse más a Jesucristo, a hacerse más buen discípulo suyo, para así poder ser más útil para la evangelización.
A partir de este momento ya no es el mismo, su trabajo más importante será conocer más y más a Jesucristo. El estudio del Evangelio será su tarea primordial: «Conocer a Jesucristo, amar a Jesucristo, imitar a Jesucristo, seguir a Jesucristo, este es todo nuestro deseo, toda nuestra vida.» (ibídem, p. 27). Lo repite muchas veces a los cuatro primeros seminaristas que saldrán del Prado: «Nuestro primer trabajo, pues, es conocer a Jesucristo, para ser totalmente de Él».
En una plegaria nos ha dejado expresada toda su admiración por Jesucristo y su deseo de conocerlo.
¡Oh Verbo! ¡Oh Cristo!
¡Qué bello y qué grande eres!
¡Quién acertara a conocerte!
¡Quién pudiera comprenderte!
Haz, oh Cristo, que yo te conozca y te ame.
Tú, que eres la luz,
manda un rayo de esa divina luz sobre mi pobre alma,
para que yo pueda verte y comprenderte.
Dame una fe en ti tan grande,
que todas tus palabras sean luces que me iluminen,
me atraigan hacia ti y me hagan seguirte
en todos los caminos de la justicia y de la verdad.
¡Oh Cristo! ¡Oh Verbo!
Mi Señor y mi único Maestro!
Habla, que quiero escucharte y poner en práctica tu palabra.
Quiero escuchar tu divina palabra, que sé que viene del cielo.
Quiero escucharla, meditarla, practicarla,
porque en tu palabra está la vida, la alegría, la paz
y la felicidad.
Habla, Señor. Tu eres mi Señor y mi Maestro.
Quiero escucharte sólo a Ti.
EL ansia para acercarse a los más pobres lo lleva a dedicarse a preparar la Primera Comunión de los chicos y chicas más marginados y que no tenían lugar en las parroquias; por eso en 1860 adquiere un local que había sido una sala de baile de mala fama llamada “El Prado”. No le cambia el nombre y empieza la obra del Catecismo. Los niños en aquella época ya trabajaban, él busca recursos y los tiene en tandas de seis meses en el Prado para que conozcan a Jesús y hagan la Primera Comunión. Defiende que los pobres puedan conocer el Evangelio, dedicando unos meses sin trabajar para recibir una formación humana y cristiana.
El contacto con los más pobres lo llevará a una nueva intuición: Hay que preparar a sacerdotes pobres para la evangelización de los pobres. Así nacerá la Asociación de presbíteros del Prado, presbíteros totalmente diocesanos que se ofrecen al obispo para ir a los lugares más pobres y se ayudan a vivir el carisma de este apóstol de la evangelización de los más pobres.
Murió el 2 de octubre de 1879, a los 53 años, y fue enterrado en la capilla del Prado, asistieron 50.000 personas. Fue beatificado por Juan Pablo II el 4 de octubre de 1986 en Lyon.





