“Necesitamos políticas de reducción, no de aumento”
Por Ton Clapés i Pons
Fotos: Jordi Esplugas
Josep Maria Mallarach Carrera, nacido a los pies del volcán Montolivet (Olot, 1955), geólogo de formación inicial, porque cuando estudió no existían las ciencias ambientales —más tarde realizó un largo máster en ciencias ambientales y posteriormente un doctorado en biología ambiental—, vivió en 2003 un “punto de inflexión” en su carrera profesional que sintonizaba con su trayectoria personal por influencias familiares y por su pertenencia al escultismo diocesano durante la infancia y la adolescencia.
Fue cuando asistió a un congreso mundial de espacios protegidos en Durban, Sudáfrica, donde por primera vez en la historia fueron admitidos representantes de pueblos indígenas. Y estos representantes hicieron “una crítica demoledora a los planteamientos de las políticas occidentales de conservación de la naturaleza. Aquello supuso una sacudida para la organización que, para mí, entró en resonancia, por decirlo así, con unas inquietudes que yo ya venía gestando”.
Una derivada para la organización, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), fue la creación de un grupo especialista en valores culturales y espirituales dentro de la Comisión Mundial de Espacios Naturales Protegidos, al que Josep Maria se incorporó, hecho que le abrió un mundo en el que se adentró y donde ha desplegado gran parte de su actividad profesional durante los últimos veintitrés años:
“Cuando has estado formado en las ciencias naturales que se enseñan aquí, estás dentro de un paradigma materialista positivista que excluye otras ciencias de la naturaleza que integran otros niveles de realidad y otras escalas de valores. Comprendí los errores que comporta quedar confinado en la dimensión material y la necesidad de integrar la dimensión cultural y espiritual”.
Hace veinte años, junto con Jordi Falgarona, crearon e impulsaron la asociación Silene dedicada a estudiar, difundir y promover el patrimonio espiritual y cultural inmaterial de la Naturaleza y sus valores inherentes, en favor de su conservación, especialmente en espacios naturales protegidos: https://www.silene.ong/
De lo local a lo más global. Hace pocos días se presentó el proyecto de la llamada Variante de Olot y Les Preses, una carretera que debe dar respuesta a la travesía de la ciudad y que atraviesa el Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa y la Vall d’en Bas.
Es una obra que plantea muchos interrogantes, muchísimos, en cuanto a los impactos negativos que puede generar, no solo durante la fase de ejecución, sino después. El más relevante, seguramente, es la afectación que podría tener sobre el acuífero hidrovolcánico donde se quiere construir un túnel de un kilómetro. Además, esta variante forma parte de un modelo de movilidad que, desde nuestro punto de vista, es obsoleto. Una gran carretera que sirve, entre otras cosas, para llevar camiones hasta un macro matadero situado en el Pla de Baix de Olot, al pie del volcán Montsacopa, un espacio que en 1982 formaba parte del Parque Natural. Un error lleva a otro error.
Cataluña tiene actualmente más de ocho millones de cerdos. Esta desmesurada cabaña porcina genera impactos graves; por ejemplo, tenemos más de un tercio de los acuíferos contaminados por purines. Pero los impactos más graves recaen en América del Sur, de donde proviene la mayor parte de la soja y el maíz que alimentan a los cerdos, con graves injusticias sociales y ambientales derivadas de la expansión de estos monocultivos. También tiene graves derivadas sociales para la gente que trabaja en condiciones muy precarias en las granjas industriales y macrogranjas. Por tanto, se trata de un modelo ganadero insostenible, que provoca injusticias ambientales y sociales muy graves.
Pero en esta y en casi todas las infraestructuras que se plantean tengo la sensación de que nos las venden como lo mejor que nos puede pasar, debemos seguir creciendo, que el único modelo posible sea más cemento…
Sí, sí, es así, pero eso forma parte, para mí, de una patología: la ideología del crecimiento continuado, la ideología de la célula cancerígena. Todos los organismos vivos, todos sin excepción, cuando crecen llegan a un punto óptimo, a partir del cual, si continúan creciendo, se convierten en monstruos o patógenos.
¿Decrecimiento, entonces?
Sí. En Cataluña hace años que tenemos un exceso de población, un exceso de turismo, un exceso de ganadería industrial intensiva. Por tanto, lo que habría que promover es un decrecimiento saludable; necesitamos políticas de reducción, no de aumento. Formo parte de quienes nos oponemos a seguir creciendo cuantitativamente. Lo que querríamos es que hubiera un crecimiento cualitativo. Crecer más, cuantitativamente, en las condiciones actuales implica necesariamente una pérdida de calidad de vida, de calidad ambiental, de calidad en las relaciones humanas, de justicia social y ambiental.
Hay que tener presente que formamos parte de un escaso 20% de la humanidad que consume más del 80% de los recursos del mundo. No puede haber una paz justa en el mundo sin que esta minoría rica y explotadora reduzca este consumo desmesurado. ¿Y qué gobierno se atreve a decir que quiere reducir el consumo, que incentive que cada año se vendan menos coches, que la gente haga menos desplazamientos superfluos, sobre todo en avión, etc.? ¿Quién tiene ese coraje? Parece que todo se solucionaría cambiando de fuente de energía, de energía fósil a energía renovable; es evidente que hay que apostar por las energías renovables, pero reduciendo drásticamente el consumo energético desmesurado como parte de un cambio de modelo profundamente irrealista.
Jorge Riechmann, poeta, matemático y ecologista, decía hace pocos días que debemos prepararnos para cuando llegue el colapso.
Globalmente hablando, el colapso empezó hace unos cincuenta años; lo que ocurre es que la Tierra tiene una gran resiliencia y los países más ricos apenas lo notamos, pero muchas otras partes del mundo, sobre todo las sometidas a guerras por el control de recursos estratégicos, lo sufren trágicamente. Si atendemos a los indicadores globales, durante la década de 1970 el impacto conjunto de la humanidad ya superó la biocapacidad de la Tierra. Fue entonces cuando se impulsaron las primeras políticas ambientales internacionales: los convenios del clima y de la biodiversidad, que han dado unos resultados muy inferiores a los que se esperaba. Es indiscutible que las tendencias insostenibles no pueden perdurar indefinidamente. Ahora mismo ya estamos inmersos en transformaciones muy grandes y aceleradas…
“No puede haber una paz justa en el mundo sin que esta minoría rica y explotadora reduzca el consumo desmesurado”
Fuiste el primer director del Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa, de 1999 a 2005, y dimitiste. Desde entonces hasta ahora, ¿crees que los políticos y la sociedad han cambiado su mirada hacia la Naturaleza?
En algunos sentidos sí, en otros muy poco. Lo que ha mejorado es el conocimiento, eso seguro. Conocemos mucho mejor las tendencias de los indicadores principales. Sabemos que las tendencias ahora son más insostenibles que hace treinta o cincuenta años. Somos conscientes de ello, lo sabemos, pero lo guardamos en un cajón y seguimos adelante como si nada, impulsando más crecimientos insostenibles. Vivimos en entornos cada vez más artificiales, más virtuales, que están desconectando existencialmente a la mayor parte de la sociedad de los ciclos, ritmos y límites naturales.
Además, la gobernanza que tenemos es extremadamente compleja. Fijaos en Cataluña: tenemos municipios, consejos comarcales, diputaciones, áreas metropolitanas, gobierno autonómico, gobierno español y gobierno europeo. Seis o siete niveles. En cada nivel suele haber partidos o coaliciones políticas diferentes, que pueden enfrentarse dentro de un mismo nivel, y entre niveles ni hablemos.
Dentro de esta complejidad de niveles administrativos y de interacciones de políticas públicas poco coordinadas, se despliegan las iniciativas privadas, también con cambios acelerados, en un entorno cada vez más dominado por la tecnocracia y los algoritmos. Por eso es imposible garantizar que ninguna política consiga sus objetivos. No se puede, porque las interacciones con otras políticas y con innumerables iniciativas privadas, en múltiples niveles y escalas, que van cambiando continuamente, son prácticamente impredecibles.
Las políticas de conservación de la naturaleza que tenemos en nuestro país son completamente insuficientes y obsoletas; ponen parches en algunos de los efectos más llamativos o que más nos molestan, pero no dejan de ser reactivas, no van a la causa, intentan paliar los efectos. Pero, aunque las políticas de conservación fueran buenas, robustas y actualizadas, y hubiera voluntad política de imponerlas, o incluso si quisieran impulsar políticas serias de sostenibilidad ambiental, en el contexto actual no podríamos alcanzar los objetivos.
“El colapso ecológico global empezó hace cincuenta años”
¿Por qué?
Todas las políticas sectoriales, por ejemplo, la política agraria, forestal, energética, de movilidad, etc., generan impactos negativos sobre el medio ambiente. Son impactos no deseados, pero muy reales y acumulativos. Las llamadas políticas “de conservación de la naturaleza” intentan contrarrestar estos impactos negativos. Pero no tienen la capacidad de incidir preventivamente porque, entre otras cosas, no existe la evaluación de impacto ambiental de las políticas. Y no la tenemos porque nuestros gobiernos no han querido. Tenemos evaluación de impacto ambiental de proyectos, de planes y de programas, cuya aplicación tiene muchas deficiencias, pero ninguna política sectorial, ya sea europea, española o catalana, evalúa sus impactos ambientales. Los efectos negativos inesperados se acumulan inexorablemente y son cada vez más graves.
Con todo lo que explicas entiendo perfectamente que digas que la humanidad tiene deberes con la naturaleza, no derechos.
Tenemos deberes con ella, efectivamente. Deberíamos cambiar nuestra perspectiva y recuperar la sabiduría de la tradición bíblica que encontramos formulada, de una manera u otra, en todas las tradiciones espirituales de la humanidad: un núcleo moral gravita en torno a responsabilidades, obligaciones, deberes sacramentales. Hay muchos pueblos indígenas en el mundo que todavía mantienen heroicamente esta cosmovisión y ética, con una coherencia admirable.
En Europa occidental esta visión orgánica o animada del mundo cambió gradualmente desde el Renacimiento, pero sobre todo a partir de la revolución industrial y la Revolución Francesa, que puso el foco en los derechos humanos. Esto ha tenido derivaciones muy positivas, ciertamente. Pero el hecho de poner la mirada únicamente en los derechos humanos ha despojado de derechos a todos los seres no humanos. Se trata del antropocentrismo riguroso, codicioso y consumista, que menosprecia las responsabilidades que tenemos hacia las generaciones futuras y hacia los innumerables seres no humanos, y que ha configurado una civilización patológica en muchos aspectos.
Nosotros no podemos vivir sin un aire y un agua puros, sin un tejido de vida vegetal y animal sano, sin un entorno natural saludable que nos sostenga físicamente. Olvidar o menospreciar esta responsabilidad fundamental, en el sentido más literal del término, esencial, nos ha llevado hasta donde estamos ahora mismo.
“Poner la mirada únicamente en los derechos humanos ha despojado de derechos a todos los seres no humanos”
¿Y la oración?
La oración por y en la naturaleza, la meditación y la contemplación de la naturaleza, forman parte de la solución de fondo, son antídotos contra el reduccionismo materialista. Si no se recupera la relación sacramental con la naturaleza, siempre permanecemos en la periferia, en la superficie, sometidos al engaño de que existen soluciones técnicas o políticas. Si se recupera, o en la medida en que se recupere, se pueden impulsar cambios más profundos: cambios en los sistemas de creencias y de valores, que promuevan cambios profundos y límites saludables a los modelos políticos, económicos y a los desarrollos tecnológicos.
La práctica de ayunos y abstinencias debe recuperarse; todo ello forma parte de una relación sana y espiritual con la naturaleza humana y no humana. No se puede tirar por la borda la visión espiritual de la naturaleza, ni todas las prácticas espirituales, y quedarnos con un “ambientalismo de pala y escoba”, como decía el doctor Ramon Margalef, poniendo filtros en las chimeneas o buscando etiquetas de productos “eco-friendly”.
¿La Tierra es de Dios?
Sí, la Tierra no es ninguna obra humana, es mucho más que un conjunto de “recursos naturales”. Esto es una enseñanza bíblica esencial y también coránica que encuentras formulada en muchas otras escrituras sagradas de la humanidad. Somos usufructuarios, administradores, gestores, llámese como se quiera. No podemos hacer lo que queramos.
Ahora bien, la conciencia de la propiedad privada —que hemos heredado del derecho romano— y el individualismo irresponsable se han ido difundiendo y endureciendo cada vez más, y han acabado haciéndonos creer que éramos amos y señores y que podíamos disponer de la Tierra y de sus recursos como quisiéramos.
¿La encíclica Laudato si’ ayuda a que la Iglesia católica tenga un buen posicionamiento sobre la crisis ecológica?
Si se tomara en serio, sí, naturalmente. Tiene dos grandes singularidades: una, que se dirige a toda la humanidad, no solo a los cristianos católicos; y la otra, que fue elaborada de manera colegiada. Recoge aportaciones de múltiples conferencias episcopales y autores en una síntesis muy clara y comprensible. Y termina con dos oraciones muy notables.
Ahora mismo diría que es el principal referente para la Iglesia católica, y ha inspirado múltiples iniciativas, como la de las ecoparroquias.
Las Iglesias ortodoxas llevaban muchos años difundiendo sus posicionamientos, explicando el carácter teofánico de la naturaleza, la actitud reverente que exige, elaborando el concepto de pecado ecológico, etc. Es muy poco conocida la elaboración de patriarcas, teólogos y filósofos ortodoxos sobre estos temas, que es de una gran riqueza y profundidad, entre los cuales destaca la inmensa labor desarrollada por Bartolomé I, patriarca de Constantinopla. Creo que es en esta dirección donde el cristianismo occidental (romano y reformado) debería buscar inspiración para encontrar, elaborar y ofrecer respuestas más profundas y efectivas.
Hablas de ecología integral como un buen enfoque para el reto ecológico…
Lo que hace básicamente este concepto es integrar la dimensión humana en la ecología. Considera conjuntamente la ecología ambiental, por decirlo así, y la ecología humana. Y presenta la justicia ambiental y la justicia social como dos caras de una misma realidad, explicando por qué es tan erróneo e insuficiente abordar la justicia social ignorando la justicia ambiental y viceversa.
En las sociedades modernas, donde la dimensión social y ambiental están escindidas, donde el conocimiento analítico es el más prestigioso, cuesta mucho unificar la visión de la realidad y promover síntesis significativas y efectivas.
Cambio un poco de tema. Has comentado y también hemos visto que has realizado estudios sobre las comunidades monásticas cristianas en relación con su entorno natural…
En lugar de dedicarnos a denunciar, cosa que no termina nunca, desde la UICN hemos intentado influir mediante guías de buenas prácticas para fomentar la conservación de la naturaleza. Estas guías se construyen participativamente, a partir de ejemplos reales. Se hace una prospección mundial, se identifican las mejores prácticas de un ámbito o tema concreto, se destilan criterios y principios y se elaboran directrices concordantes.
He tenido la oportunidad de trabajar en la elaboración de dos de estas guías internacionales de buenas prácticas: una sobre lugares naturales sagrados sobre los cuales se han establecido espacios protegidos modernos, y otra sobre la relevancia cultural y espiritual de la naturaleza en la gestión y gobernanza de los espacios naturales protegidos y conservados. Y también una guía sobre patrimonio inmaterial a escala española, además de diversas guías y directrices a escala catalana o de espacios naturales concretos, como el Montsant.
Consideramos estas aportaciones muy útiles porque no son construcciones teóricas, sino elaboraciones construidas de abajo arriba, destilando estudios de casos reales, y todas sus recomendaciones van acompañadas de ejemplos reales. No recomendamos cosas que imaginamos que podrían funcionar. No, proponemos adaptar alternativas que funcionan desde hace siglos o, a veces, milenios.
“El monacato contemplativo cristiano es un modelo efectivo y resiliente de conservación comunitaria de la naturaleza”
Es en este contexto donde me ha interesado el monacato contemplativo cristiano que se ha desarrollado desde el siglo IV. Esto significa que disponemos de registros de muchos siglos —a veces hasta diecisiete— de buenas prácticas en monasterios implantados desde el Ártico hasta los Trópicos. No siempre se ha alcanzado la excelencia; somos humanos y no todas las comunidades han sido impecables, pero es un modelo efectivo y resiliente de conservación comunitaria de la naturaleza, que ha encontrado la manera de dar respuestas óptimas en todo tipo de ecosistemas y en contextos de regímenes políticos muy diferentes.
San Benito considera que el monasterio es un organismo que debe tender a la autosuficiencia, a la autarquía, tanto como sea posible. ¿Por qué? Para tener libertad espiritual. Eso es fundamental. En las comunidades monásticas no hay propiedad privada; la propiedad es comunitaria. Se hace voto de pobreza y se lleva una vida equilibrada y sencilla. El monasterio puede ser rico, pero la vida que se vive dentro es frugal; por tanto, los bienes se administran muy bien.
La aplicación radical de los principios cristianos vividos comunitariamente da como resultado una buena conservación de la naturaleza. Este es uno de los mejores ejemplos que tenemos en Occidente de buenas prácticas de custodia del territorio, mejor documentadas durante siglos. Las lecciones del monacato contemplativo son muy inspiradoras y creo que merecerían mucha más atención y apoyo.
Apuntes para la conversión ecológica
“La Iglesia católica tiene un término muy potente que, precisamente por ser tan potente, casi no utiliza: la conversión ecológica”, explica Mallarach, que ofrece una serie de pinceladas para impulsar este cambio:
Recuperar la visión contemplativa de la naturaleza y rezar por la naturaleza sufriente: Simplemente detenerse e intentar frenar el flujo de la mente, para comenzar a recuperar una visión contemplativa, un vínculo más profundo y sacramental con la naturaleza, que incluye, además de la alabanza y el agradecimiento, rezar por la naturaleza sufriente, igual que rezamos por nuestro prójimo sufriente. Sin cultivar la contemplación no puede existir un vínculo espiritual con la naturaleza.
La alimentación cultural o mediática: Cuando alimentamos la mente con lecturas, músicas o vídeos deberíamos ser muy conscientes y selectivos. En esta ingesta predominan productos nocivos, dispersantes y tóxicos, y deberíamos rechazarlos con la misma firmeza con la que rechazamos alimentos estropeados o contaminados.
La alimentación: De proximidad, de temporada y ecológica. Estas son las prioridades. Si además podemos cultivarla nosotros mismos ya tendríamos matrícula de honor. Pero como en las ciudades, donde vive la mayoría, casi nadie puede tener huerto, ¿qué opciones tenemos? Organizarnos en comunidades, parroquias, cooperativas de consumidores u otras formas para poder comprar productos siguiendo las prioridades indicadas.
Así nos ahorramos mirar etiquetas, algo que exige un esfuerzo que razonablemente no puede hacer todo el mundo. Si la cooperativa o la comunidad ya ha hecho esa selección, puedes acudir tranquilamente porque sabes que todo lo que compras ha pasado por el escrutinio de la justicia ambiental y social.
Recordemos también que todas las tradiciones espirituales prescriben ayunos y abstinencias y que sus beneficios no son solo anímicos, sino también corporales. Y eso lleva también a reducir el consumo de carne, sobre todo la de procedencia industrial, evidentemente.
La ropa: Fijarnos en qué ropa compramos. Valorar si podemos usar ropa de segunda mano, que hay y muy buena. Si es ropa nueva, mirar de dónde viene, qué componentes tiene, cómo se ha fabricado, dónde se ha hecho, de qué manera… Y seleccionar las prendas que sean más justas social y ambientalmente.
El hogar: Cómo lo calentamos o refrigeramos, los materiales que lo conforman. Mejorar la eficiencia y el ahorro energético. Buscar la máxima armonía posible dentro de las posibilidades que tengamos a nuestro alcance.
Movilidad: Cuanto menos tengamos que desplazarnos en vehículo de motor privado, mejor. Debemos acostumbrarnos a valorar si ese desplazamiento es realmente necesario o no. Si podemos evitarlo, hacerlo. Tal vez podamos desplazarnos caminando o en bicicleta.
No hace falta que cada fin de semana la gente del interior vaya a la playa o que quienes viven en municipios litorales se marchen a la alta montaña. Podemos ir a pasear a un espacio natural más cercano, quizá parques urbanos o periurbanos.
Es prioritario para la salud social poder disponer de espacios naturales de cierta calidad al alcance, dentro y en las periferias de las ciudades, para poder ir a ellos a pie, en bicicleta o en transporte público, sin necesidad de coger el coche para disfrutar de un día en la naturaleza.



